Podemos proponer que el ego -o el egoísmo- es la parte de nuestra personalidad que nos hace sentir el sol y a los demás planetas, es decir, superiores.
Desde ahí, no logramos ver a los “tús” como otros “yos”.
El ego tiene una característica esencial, precisamente por ser tan cerrado: cree poseer el bien y la razón.
Puede dar muchas cosas, pero lo que nunca puede dar es la razón, porque entonces se quedaría sin ella.
Es lo que ocurre cuando uno se siente el sol: no puede matizar, no puede com-partir la razón y así pasa la vida autoafirmándose en lo bueno y defendiéndose de lo malo.
La vida, sin embargo, no suele respetar al ego, porque vive en una fantasía. Antes o después, la realidad lo confronta.
Pero si el ego acepta a los demás como iguales, se convierte en un yo.
El yo ya puede compartir; no vive en una rigidez tan cansina.
El yo ya puede cuestionarse, reconocer y, en definitiva, aprender.
La vida empieza de nuevo cuando empezamos a engrandecer la humildad, que es lo que afina la mirada.


