En la infancia, aunque tenemos la capacidad de cruzar la calle para recuperar un balón, quienes nos cuidan nos lo impedirían si no tenemos la edad para saber que pasan coches.
No es una prohibición arbitraria: es una protección frente a un peligro que todavía no podemos comprender.
Si todo tuviera que aprenderse en la infancia por experiencia, no sobreviviríamos.
Por eso, la responsabilidad recae entonces en quienes nos cuidan; valorar el riesgo es uno de sus cometidos.
A medida que crecemos, ese control externo se transforma en autocontrol.
Aprendemos a evaluar riesgos y progresivamente nos vigilamos a nosotros mismos.
Con el tiempo -por simplificarlo pongamos a los 18 años-, la conciencia se cierra y solo se aprende por experiencia.
Las lecciones más importantes de la vida se aprenden ya solo en carne propia.
Esto no es sencillo.
Hay menores que no aceptan límites y resulta difícil ponérselos.
También existen progenitores que siguen manteniendo una vigilancia y un control innecesarios sobre hijxs adultos; frenar ese comportamiento puede parecer un desprecio hacia el afecto que sienten.
En esos casos son los adultos quienes dependen emocionalmente de los hijos.
Es un apunte descriptivo que invita a un análisis profundo y cuidadoso.


