Todas las heridas internas se reactivan cuando nos topamos con los límites.
Y el mayor de todos los límites, el límite por antonomasia, es la muerte.
Aceptar el declive vital es una de las realidades más humanas y, al mismo tiempo, más difíciles.
En el inicio del declive los mecanismos de defensa van bajando su energía y su eficacia, pero la angustia no.
Ahí no predomina la fuerza, va venciendo la debilidad.
Eso no se contempla en los libros de salud mental, porque no se puede probar objetivamente: es una observación, y además, pura lógica humana.
No es fácil asumir, con la edad, un bastón, un andador, un pañal, o la necesidad de que venga unas horas una cuidadora o un cuidador.
A veces es necesario esperar a que la persona sienta la angustia y reconozca la necesidad; en general nadie acepta que nos anticipemos desde nuestra angustia.
Y cuando hay que imponer la ayuda porque la resistencia es muy fuerte, el proceso resulta doloroso.
Es uno de los momentos que necesitamos tener más psicología como familiares. Acompañar sin adelantarnos, a no ser que sea imprescindible.


