Este es un cuento tan absurdo, que espero que no se parezca a la realidad.
Érase una vez una persona que estaba tan agobiada, que se encontró a un vecino por la calle, y no pudo evitar hacerle una inesperada confesión:
-¡Ha entrado un ladrón en mi casa por la fuerza! -le contó-. Lleva instalado ya un mes.
El vecino no se sobresaltó, y le respondió con una extraña indiferencia:
-Ya… pero te ha ordenado el piso. Y te ha comprado un sillón nuevo.
La persona afectada estaba tan compungida por la invasión de su propiedad, que no daba crédito a lo que oía.
-Además, en tu patio -prosiguió el conocido- el que llamas ladrón ha excavado un jardín. Incluso ha encontrado un pozo de agua y ahora tiene más valor tu casa.
¡Así que no te quejes!; ¡dale las gracias! -concluyó-.
Es un cuento que no necesita mucha moraleja; porque si la necesitara, malo sería.
Pues no hay jardín que haga habitable una falta de respeto.
Cuando el respeto humano desaparece, nada tiene sentido.


