En medio de un desencuentro, una persona me dijo una vez:
-Tú habla solo de ti.
Enseguida comprendí que encerraba una gran verdad.
Desde entonces, procuro aplicarla en mi vida.
Porque cuando hablo de mis sentimientos, de mis límites y de mis decisiones, nadie puede entrar en ese espacio.
La otra persona es libre de actuar como quiera; no la obligo a cambiar, no la corrijo, no le doy lecciones.
Simplemente me hago responsable de mí.
En una ocasión intenté transmitir esta idea durante una visita. En el siguiente encuentro, aquella persona me relató cómo la había puesto en práctica, y no pude sentirme más gratificado por su forma de hacerlo:
«Mi marido venía casi siempre tarde y ligeramente intoxicado. Muchas veces no se le entendía al hablar.
Yo le decía que tenía que cambiar, que aquello no podía seguir así, pero siempre estaba más irritado.
Me respondía que yo exageraba y que él no necesitaba ayuda.
Así que un día le dije:
-Quiero hablar contigo.
Él me respondió:
-¿Ya estás con lo de siempre?Entonces le contesté:
-No voy a hablar de ti. Es algo mío.Se giró sorprendido y le dije:
-He decidido que no voy a vivir con una persona que tenga ese problema y no se trate e intente mejorar.Si dentro de una semana todo sigue igual, me iré y entonces te comunicaré mi decisión final.
Él respondió con ironía:
-Sí, claro.Pero como todo continuó igual, me fui a casa de mi prima, que nos queremos mucho.
Fue la primera vez que lo hice.
Mi marido se angustió, me llamó enseguida… pero yo le repetí que mi decisión ya estaba tomada, y que más adelante hablaríamos de cómo gestionar los bienes.
Solo a partir de entonces empezó a acudir a una unidad especializada y pudo cambiar.»
Nunca he olvidado el ejemplo de aquella mujer.
Me pareció una forma sana de respetarse.


