La Organización Mundial de la Salud define la salud mental como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y es capaz de contribuir a su comunidad.”
Es un acierto poner el énfasis en el bienestar y no reducir la salud mental a la mera ausencia de trastornos.
Sin embargo, la definición introduce un matiz productivo que merece ser analizado.
La salud mental tiene varias capas: está la concepción clásica, a la que hay que añadir una versión ampliada, que la respeta pero añade otras capas más profundas que compartimos los humanos.
Veamos un ejemplo.
Es cierto que trabajar, crear y contribuir suelen ser expresiones naturales de un buen estado de salud;
además aportan una de las realidades más satisfactorias: sentirse útil.
Pero ser útil no siempre coincide con producir según los estándares sociales habituales.
Existen muchas formas de aportar valor humano, y no todas pasan por la productividad ni por el rendimiento.
Una persona con diversidad funcional, por ejemplo, puede aportar al mundo una profundidad afectiva, una gratitud sincera o una capacidad de conexión que transforman su entorno más que cualquier productividad cuantificable.
Esa presencia despierta humanidad, genera vínculos y fortalece a la comunidad.
Es el valor cualitativo precisamente que más se echa de menos en sociedades muy productivas. Todo eso es salud.
Al mismo tiempo, alguien extremadamente productivo puede estar perfectamente adaptado al sistema y, sin embargo, vivir desconectadx de sí mismo, descuidar su propio bienestar o incluso dañar a otras personas.
En esos casos, la productividad deja de ser un reflejo de salud para convertirse en una máscara que oculta carencias importantes.
Por eso es necesario matizar:
la salud mental no se mide en la capacidad de contribución material, sino en la la lucha por humanizarse y contribuir a una buena calidad de las relaciones con lxs demás.
Sin embargo, quizá podamos ir más allá y preguntarnos qué características distinguen a la mente para comprenderla mejor, que la hacen tan especial.


