La cuestión no es amarme a mí «en el prójimo», ni de amar al prójimo «en lugar de mí» -o viceversa-.
Se trata, sencillamente, de amar tanto a la otra persona como a mí y con el mismo tipo de amor.
Imaginemos que comparto una celebración con alguien y tengo frente a mí un pastel de frambuesa.
Al partirlo, tengo la opción de partir un trozo más grande a mi acompañante. Si lo hago a propósito, quizás le incomode (“¿acaso necesito más yo? -puede sentir quien lo recibe-”), y tal vez yo me quede con hambre.
El verdadero amor consiste en intentar partir el pastel por la mitad.
Ahora bien, si uno de los pedazos se rompe o se desmorona un poco, la elegancia y la amabilidad consiste en ofrecer la parte más bonita al otro y quedarme con la menos perfecta.
Por eso no decimos “me amaré a mí como al prójimo”, porque existe mayor gozo en dar.
Y si mi compañerx, con el mismo cariño, me dice: «de acuerdo, lo acepto; pero la próxima vez cortaré yo el pastel, y si un trozo queda mejor, te lo daré a ti».
Entonces tendré que aceptarlo con gusto, porque la otra persona es como yo.
Dar sin perderme y recibir sin avergonzarme: a veces damos demasiado y nos olvidamos de recibir o de ser generosxs con nosotrxs mismxs.
Porque uno de los aprendizajes que tenemos en la vida, es buscar y aceptar la reciprocidad.


