Muchas veces, al comenzar una visita en la unidad de hospitalización, escuchaba la misma frase:
—«Yo estoy bien».
Un día respondí, con honestidad y suavidad:
—«Pues yo, del todo bien, no estoy».
Algo cambió en ese instante.
La conversación se volvió más cercana.
No porque la persona dejara de necesitar un punto de apoyo, sino porque ambos reconocimos -sin decirlo- que nos comunicábamos mejor desde una misma dignidad compartida.
En salud mental, todo funciona al revés: cuando aseguramos que estamos perfectamente estamos más lejos de nosotros mismos, y si reconocemos nuestra fragilidad es signo de fortaleza.
Lo mismo ocurre con el conocimiento, con el saber.
La persona sabia acepta aprender, y quien no tolera su limitación queda atrapadx en la necesidad de tener siempre la razón.
La mente, es donde se manifiesta nuestra tendencia a la omnipotencia, a ser absolutxs: tener toda la razón, ser lxs buenos, en definitiva tener una salud mental y humana perfectas.
Por eso tenemos la exigencia de no necesitar a nadie; de sostener una imagen idealizada de autosuficiencia.
La ilusión de que podremos curarnos solxs.
Pero llegamos un día al límite, cuando ya no somos absolutos ni omnipotentes.
Entonces se hay dos caminos.
Podemos abrirnos a recibir ayuda.
Y si esa ayuda está bien dada y bien recibida, nos humaniza más que cualquier capacidad.
Ampliamos la conciencia, y podemos empezara comprender a los demás.
Por eso hay más sabiduría en haber necesitado ayuda y haberla recibido bien, que nunca haberla necesitado.
Pero también puede ocurrir que, si nos supera el miedo, no podamos aceptar ayuda.
Entonces forzamos más nuestras defensas, ese terreno donde la mente es tan experta.
Por eso si alguien sugiere que “no estamos bien”, podemos sentirnos atacados.
Hay que esperar a que la persona pueda aceptarla -excepto en casos clínicos que ya veremos- .
No se puede imponer la realidad: la realidad se impone sola.
Por todo ello, cuando alguien se abre -aunque sea un poco- ese gesto es profundamente valioso.
Y lo mejor que le puede ocurrir es que, al otro lado, haya alguien que lo mire con respeto, que reconozca sus tiempos y que valore a la persona antes que a sus síntomas.


