Una enfermera me hizo notar algo en lo que nunca había reparado:
“Hablar a una persona como si representara a todo un colectivo -y hacerlo en negativo- es una falta de respeto.”
Aquella frase me llegó. Y en ese instante recordé las veces en que, sin darme cuenta, había hecho lo mismo. Y sentí que esa observación era una luz amable: la oportunidad de hacerlo mejor en adelante.
La enfermera me dio ejemplos sencillos, pero muy reveladores:
“Ustedes, lxs taxistas, son unos peseterxs.”
“A ustedes, lxs sanitarixs, mi sufrimiento les da igual.”
Cuántas veces, en el impulso de una queja o una emoción, generalizamos sin darnos cuenta de que al otro lado hay alguien que escucha, y que quizá no encaje en ese retrato injusto. No conocemos su historia ni su esfuerzo. Por eso -me explicó- lo más sensato y respetuoso es hablar en positivo:
“Lxs taxistas a veces tienen que armarse de mucha paciencia.”
“Lxs sanitarixs suelen mostrar gran entereza en situaciones difíciles.”
Ese pequeño matiz lo cambia todo.
No solo dignifica a quien nos escucha, sino que además le recuerda una virtud que probablemente ya ha practicado. Y cuando unx se siente reconocido en lo bueno, se abre, ya no se defiende, y la conversación fluye con otro tono.
Tiempo después, le pregunté a mi mejor maestra, Lola Pasarín, qué hacer cuando el comentario -esta vez- nos lo dirigen a nosotros.
Su respuesta fue breve y práctica: Lo mejor es, aunque interrumpas, señales con calma:
«Perdone, como usted no me conoce… si le parece, voy a intentar ayudarle.’”
Una frase firme y respetuosa, que desactiva el prejuicio sin confrontar, y abre la puerta al diálogo desde la igualdad y la cortesía.
Porque nadie se molesta cuando se exige respeto con amabilidad.
Al contrario: la consideración es la base de toda buena comunicación.
Y quien la defiende con elegancia, casi siempre termina practicándola también.


