Un día, desahogándome con un amigo, le pedí: “por favor, no comentes lo que te acabo de contar”.
Me respondió con naturalidad: “¡Por supuesto! Las conversaciones son privadas”.
Esa respuesta me produjo mucha tranquilidad.
Saber que hay un pacto de respeto es fundamental.
Hay, sin embargo, una excepción hermosa: cuando compartimos lo bueno.
Decir, por ejemplo: “he hablado con tal persona y está encantada contigo” no solo respeta la privacidad: esas palabras unen, edifican.
Por eso, cuando no lo he hecho así, me pesa.
Aprender a preservar lo que te cuentan es uno de los actos más valiosos de respeto.


