Aceptar que no tenemos el control es difícil, no hace falta subirse a un avión para comprobarlo.
En lo que amamos desplegamos todo nuestro ser, lo que está en nuestra mano, pero hay tanta incertidumbre…
Intentar controlar lo que no depende de nosotros entraña una forma de ansiedad en sí.
Es un vínculo sin límite que intenta tapar la ansiedad que genera una situación dentro del que protege, es decir controlar al de fuera siempre es controlar al de dentro.
Pararnos significaría confiar, y aparece una angustia propia entonces donde aún no hay herramientas. Y repercute en quien quieres controlar negativamente, pues no eres Dios. Ocurre con nuestras hijas e hijos, a quienes profesamos amor ilimitado.
También es una oportunidad para la terapia.
Con cualquier carencia afectiva que hayamos tenido o exigencia, cuesta más confiar, pues donde no llegamos nosotros pensamos que no llega nadie.
Soltar y tener fe, cuánto cuesta.
Y más aún cuando existe en algún hijo una vulnerabilidad especial, porque cae sobre personas que necesitan más a sus progenitores.
Y, a pesar de todo, en cada nueva situación límite no nos queda otra que pedir ayuda a Dios, hasta que, de alguna manera, la vemos.
Es una de las terapias más profundas, que la realidad nos muestre nuestra impotencia para ayudar a nuestros hijos desde nuestras únicas fuerzas. Nos pone como nada en nuestro sitio.
Admiro la fe de las personas con importantes discapacidades y la que también tienen sus progenitores, para mí, uno de los mayores testimonios de esta vida.
La cruz de nuestras hijas e hijos es lo que más nos duele.
Pero también donde más resplandecerá el don de Dios, aquí y, sobre todo, en la eternidad.


