Dos acontecimientos recientes han puesto en evidencia tanto nuestra fuerza como nuestra debilidad como especie.
Por un lado, la respuesta global ante la pandemia mostró una unión sin precedentes en la historia porque la amenaza era externa: un virus.
Y entonces, fuimos capaces de poner todas las vidas humanas en primer plano; lo demás se relativizó, como debe ser.
Pero cuando las amenazas provienen del interior del ser humano, la historia cambia.
Las guerras llegaron sin tregua: ya no se trataba de un agente externo.
En el primer caso, el virus era algo objetivo, medible y comprobable.
Ese es el terreno de la ciencia y la tecnología. ¡Cuán prodigiosa es nuestra especie cuando estamos alineados y vemos lo mismo!
Einstein corrigió al mismísimo Newton sobre la gravedad gracias a cálculos precisos: predijo la desviación de la luz durante un eclipse solar.
El experimento confirmó su teoría, y su repercusión fue mundial.
Sin esa medición, nadie le habría creído.

Las guerras -y también la paz- nacen de lo que sentimos, pensamos y creemos.
Ese mundo interior, despectivamente llamado “subjetivo”, es el que define nuestra visión de la realidad y, en última instancia, nuestro destino.
Y esa conciencia varía profundamente entre personas y pueblos.
Cuando las ideas o creencias se hacen absolutas y son más importantes que las vidas, funcionan como una verdadera patología.
Desde siempre han existido guerras.
Como causa de muerte, son una de las enfermedades más letales de la historia.
Y su raíz está en nuestra naturaleza humana.
Por eso debemos estudiarlas con la misma intensidad con la que investigamos un virus o la física cuántica -incluso más-.
La historia universal es también -además de tantos sucesos maravillosos- una historia de una invasión tras otra.
No fue hasta 1945, con las bombas atómicas y el inicio de la era nuclear, que comprendimos ya no existía la expansión ilimitada.
A partir de entonces sabemos que si nos queremos expandir ¡nos autolimitaríamos!, porque la guerra nuclear es lo que tiene.
¡Ya existe un límite!
Y ese límite está siendo, hasta ahora, la clave de la disuasión.

Pero hoy, algo ha cambiado: el debate sobre la paz no avanza al mismo ritmo que nuestro esplendor tecnológico.
La muerte violenta de seres humanos no es un derecho, es una enfermedad que hay que intentar conocer, prevenir y curar.


