He podido experimentar que no todos los esfuerzos son iguales.
Cuando una actividad es intensamente placentera y ofrece una recompensa inmediata, el esfuerzo casi desaparece.
Es como montar en bicicleta cuesta abajo, puedo hacerlo sin pedalear, la gravedad va a mi favor: comer algo apetecible o la sexualidad no requiere esfuerzo, para eso garantiza la vida; el esfuerzo consiste precisamente en detenerse.
Capturan nuestra atención de forma casi automática: no hace falta más que ver la concentración de una persona joven en el metro mirando el móvil, o el del alumnado jugando un partido de la liga de fútbol alevín.
La acción de la dopamina en la amígdala es inmediata y suficiente.
Sin embargo, existe otro tipo de actividades muy diferente.
Estudiar algo que cuesta, aprender una habilidad, ensayar un instrumento, suelen ofrecer recompensas lejanas e inciertas. Aquí la bicicleta ya no va cuesta abajo, va cuesta arriba y cuesta el pedaleo, la gravedad va en nuestra contra.
En estas situaciones cobra una importancia especial la corteza prefrontal, la región cerebral que nos permite planificar, concentrarse y resistir distracciones. Es la parte del cerebro capaz de sacrificar una satisfacción inmediata por un beneficio futuro, y la capacidad de frenar.
La dopamina prefrontal es la de la madurez: ayuda a pedalear cuesta arriba y a frenar cuesta abajo.
Hay otra metáfora que me dijeron en un ambiente no clínico que me encantó.
En ser humano es un carruaje donde tenemos los impulsos, que son los caballos, que necesitan salir a pasear y correr de vez en cuando. Pero tenemos un jinete que lleva las riendas, la corteza prefrontal.
Si el jinete esta borracho, cada caballo tira para su lado, se desbocan y la carroza no avanza.

Por eso algunos tratamientos para el TDAH, al aumentar la disponibilidad de dopamina en circuitos prefrontales, no hacen que la tarea resulte mágicamente divertida, sino facilitar que el cerebro mantenga el rumbo, como añadir asistencia eléctrica a una bicicleta en una cuesta pronunciada.
A veces ocurre si se da mucha dosis o se es muy sensible, que el jinete se hace cachas y con los cordeles muy rígidos, y los caballos se quedan demasiado quitos o inexpresivos. No, hay que lograr un equilibrio saludable.
Quizá una de las diferencias más importantes entre la madurez y la impulsividad.
Las cosas que transforman una vida rara vez son las más estimulantes en el momento. A menudo son las que exigen seguir pedaleando cuando todavía no se ve la cima.
Cuando una recompensa es inmediata, la dopamina de la amígdala es suficiente.
Sin embargo, cuando la recompensa está lejos en el tiempo, y se exigen sostener el esfuerzo sin recibir gratificaciones inmediatas, entra en juego la corteza prefrontal, que utiliza la dopamina para mantener la atención y la capacidad de seguir avanzando.
La dopamina ayuda a convertir ese significado en acción sostenida.



