La palabra angustia procede del sustantivo latino angustia, -ae y del adjetivo angustus, que significa estrecho.
La misma raíz describe un pasillo angosto, o la angina de pecho, donde el flujo sanguíneo se ve comprometido.
En todos los casos algo se comprime, el espacio se reduce y la salida parece difícil.
La angustia conlleva, por tanto, una vivencia de opresión.
Así nos sentimos los seres humanos ante el peligro. Si tenemos delante un león, un toro o cualquier amenaza superior a nuestras fuerzas, nuestra capacidad se vuelve limitada, angosta.
Cuando esto ocurre, entramos en una situación límite y el cuerpo, que posee una extraordinaria sabiduría, pone en marcha todos los recursos necesarios para huir o para enfrentar el peligro.
Aumenta la liberación de cortisol y catecolaminas como la adrenalina, apareciendo entonces fenómenos como la taquicardia, elevación de la presión arterial, incremento de la frecuencia respiratoria y tensión muscular generalizada. Todo el organismo se reorganiza para maximizar las posibilidades de supervivencia, y evitar el gasto de energía innecesario.
Uno de los fenómenos más sorprendentes es la que el dolor desaparece transitoriamente ante un subiudón de adrenalina.
El cuerpo entiende que así es se escapa ju a persona o lucha mejor.
Una persona puede resbalar en una roca durante la huida, arrancarse un fragmento de piel y no sentirlo. Solo más tarde, cuando alguien te dice «¿esa sangre es tuya?» y te ves la herida, aparece de repente el dolor, como si acabara de producirse en ese instante.
Y cuando el peligro desaparece y desciende la adrenalina, el dolor se intensifica y la conciencia comienza a vigilar para proteger la zona lesionada.
Pero quizá las manifestaciones psíquicas sean aún más fascinantes, porque revelan con gran claridad cómo la mente funciona en una situación límite.
El organismo necesita concentrar toda su energía en la supervivencia y no malgastarla.
¿Es importante la memoria en ese momento? Para nada. La memoria es que entren cosas o que salgan. Pero, ante una amenaza inminente, lo decisivo no es recordar, sino permanecer concentrados en el presente.
Por eso se han descrito casos en los que víctimas de atracos o secuestros no lograron memorizar con precisión el rostro del agresor. Su conciencia estaba dedicada a sobrevivir, no a registrar.
Tampoco resulta útil anticipar el futuro.
En los manuales de escalada -en el decálogo sin ir más lejos- se enfatiza permanecer en el presente requiere mantener la atención focalizada en el movimiento que se está realizando en ese instante a lo largo de toda la ascensión.
El escalador no puede permitirse pensar en la caída que podría ocurrir diez metros más arriba, ni en el error cometido hace unos minutos, ni en qué hará de cenar a la noche. Si su mente se dispersa hacia el pasado o hacia el futuro, pierde contacto con el único movimiento real, el que está ejecutando ahora, y tiene más opciones de fallar.
La angustia extrema produce exactamente esa misma concentración.
Y aún queda un fenómeno más asombroso: la alteración de la percepción del tiempo.
En las situaciones límite, el tiempo parece que se para y se hace eterno a la vez. Detenerse y, al mismo tiempo, expandirse.
Es como si los contrarios se unen y se experimentan a la vez o se anulan.
Un segundo puede experimentarse como una eternidad. La subjetividad se transforma, la conciencia se simplifica y queda reducida a un único hecho esencial, nada más y nada menos que la experiencia desnuda de estar frente a la posibilidad de dejar de existir.
Todos estos fenómenos, tanto físicos como psíquicos, nacen de la percepción de un peligro inminente.
Y aquí surge una pregunta decisiva.
¿Qué ocurre cuando todo este correlato biológico y psicológico se activa con la misma intensidad, pero no existe ningún peligro real?
¡Pero el cuerpo ha detectado un «peligro» interior!.
Eso es, precisamente, una crisis de angustia, que abordaremos en otro tip.


