Cuando Albert Einstein demostró que el tiempo y el espacio no eran magnitudes absolutas, y que la única constante invariable era la velocidad de la luz, introdujo uno de los cambios de paradigma más profundos de la física moderna.
De modo análogo, en el ámbito personal y político podría afirmarse que los derechos humanos deben ocupar ese lugar de referencia invariable.
Si reconocemos que la dignidad de toda persona es el único principio absoluto -no puede quedar subordinado a ideologías o estrategias geopolíticas-, entonces son nuestras doctrinas las que deben ajustarse a ese criterio, y no al contrario.
El problema surge cuando una ideología, ya sea de derecha o de izquierda, se convierte en un valor superior, en un bien que nos acompaña y nos salva.
En ese momento se pierde la objetividad, porque los hechos dejan de juzgarse por lo que son y pasan a evaluarse según quienes los cometen.
Se aprecia con especial claridad en las posiciones más extremas.
En esta época, algunos han silenciado las matanzas de civiles en Gaza, mientras otros lo hacen con las torturas de disidentes en regímenes comunistas.
En ambos casos, el sufrimiento humano queda eclipsado por la necesidad de preservar la pureza del propio polo.
Reconocer que también existe «maldad» en un parte obliga a renunciar a la tentación de proyectar todo el mal sobre el adversario.
Ninguna persona, formación política, religiosa o cultural está exenta de sombras.
La verdadera libertad interior consiste en no absolutizar ningún extremo, sino a las personas.
Solo quien conserva esa distancia puede condenar todo daño a una persona, con independencia de quién lo haga.
Esa fidelidad a la dignidad humana es la condición de una mirada objetiva.
Debo esta reflexión a mi entrañable amigo, el médico humanista Manu Orts, cuya lucidez y sensibilidad han inspirado estas líneas.


