Casi todo lo importante funciona al revés.
El ego engrandece lo pequeño con una falsa realidad, porque intenta ser absoluto.
El yo, en cambio, puede aceptar su realidad con humildad y aprender para mejorarla, y lo que no se pueda, aceptarse.
El absoluto del ego es uno de los errores más escondidos y sutiles de la vida. Consiste en exigirnos una perfección inmediata, como si dependiera exclusivamente de nuestra voluntad eliminar toda carencia.
Propongo un hecho objetivo: si existe un ser superior -pongamos Dios-, ¿no existe acaso aún sufrimiento en el mundo?. Basta ver el Telediario tan solo dos minutos.
Entonces, si Dios no ha logrado el paraíso ya, ¿quién nos puede exigir ser perfectos ya? Si Dios necesita un proceso, un camino, ¡imagínate nosotros!.
Por eso hay que descubrir y desenmascarar todos los absolutismos de la vida cotidiana, como estos.
Pasa con la sabiduría, cuanto más la poseemos, más seguridad nos da y más podemos ver nuestra parte necia.
Entonces escuchamos más y afirmamos menos.
La persona que reflexiona peor, en cambio, se hace el sabia, y tiene opiniones más rígidas, porque le cuesta percibir la complejidad de las cosas.
También ocurre con la salud mental. A mayor salud puedes reconocer que no estás del todo bien; sin embargo, defender que tienes la salud absolutamente impecable es patológico, porque no toleras la imperfección.
Por eso niegas el problema.
La fuerza también funciona al revés de como nos la enseñaron.
La persona verdaderamente fuerte puede mostrarse vulnerable porque no necesita sostener una imagen de sí misma.
En cambio, quien es más vulnerable disimula continuamente.
La dureza esconde fragilidad y la ternura requiere fuerza.
También en la autoridad funciona al revés. El que la tiene no necesita quedar por encima, no necesita demostrar lo que ya sabe: lo que es.
Creía que la madurez consistía solo en mejorar la parte buena, pero resulta que conlleva también tolerar la imperfección.


