Si sigo a alguien con especial cariño, es a Carlos Roca.
Lógicamente, me gusta tanto a quiénes entrevista, como lo que logra despertar con sus preguntas.
Va al sentimiento, no a la lógica, el acceso más auténtico a la verdad. Por eso necesita llegar al límite, pero lo hace con delicadeza: «si no te apetece contestarme a esta pregunta, no me contestes»
Me inspira no solo su manera de ser, sino su manera de estar, por eso me identifico mucho con él: habla despacio, con claridad, con afecto, mirando a los ojos.
Su respeto radica en que siempre espera aprender de los demás. Algo que me fascina es que su mirada deja vislumbrar su corazón, por eso se le nota casi todo.
Sus pupilas se iluminan cuando aprende de una reflexión -porque disfruta-, cuando descubre un sentimiento humano admirable, cuando cree; y se nota una mueca de distancia en su mirada cuando simplemente observa, pero en el fondo cuestiona o no le convence alguna interpretación humana.
Sus ojos se humedecen cuando se identifica con el dolor ajeno y la lucha con dignidad de alguien, o su amor.
Una vez me preguntaron qué valor consideraba más preciado, si el respeto o la ternura. No supe qué responder, porque me parecieron dos caras de la misma moneda.
Y estas dos virtudes son exactamente las que Carlos me inspira.
Cuando expone él sus ideas, se siente libre porque no lo hace con prepotencia, sino compartiendo.
Es ambicioso en la buena acepción del término con explorar todo lo humano, no se sacia y tiene la capacidad de sorprender.
Y cuando habla con su hermano David, que tiene síndrome de Down, la ternura alcanza una expresión sublime. Se adivina que hacer feliz a su hermano y conectar con su sencillez es lo máximo para él. Son un don mutuo.


