Sigo con mucho interés los reportajes y vídeos en redes sociales del extraordinario cirujano gallego Diego González Rivas.
Impresiona verlo viajar sin parar por todo el mundo y conocer la cantidad de operaciones que realiza cada día, en una zona tan delicada como el tórax y frente a tumores de enorme complejidad.
Según él mismo ha contado, tuvo que enfrentarse durante años a muchas resistencias en su entorno, pero su vocación terminó imponiéndose.
Se percibe que disfruta de su trabajo no solo por la eficacia con que lo ejerce, sino también por la posibilidad de que sus pacientes puedan volver pronto a casa.
Se despide de quienes opera con una mano en el hombro; a veces incluso les da su teléfono personal, confiando -como dice- en su respeto.
Quizá por eso conecta con tanta gente: porque no hace distinciones entre países ni condiciones. Trata a sus pacientes con una dignidad casi regia y, cuando la situación económica no lo permite, en ocasiones recurre a su fundación para ayudarles.
No sé cuánto duerme, pero imagino que descansa con la serenidad de una conciencia en paz.
Llama la atención incluso en los pequeños detalles. Por ejemplo, la expresión “cirugía mínimamente invasiva” resulta precisa y sobria, algo poco frecuente en un tiempo en que tendemos a exagerar las palabras.
Y luego está lo más difícil de explicar: su manera de ser. Su forma de hacer el bien sin artificios, no es pedante; sus gestos hacia los pacientes tienen algo profundamente humano, la de un prójimo que comparte lo que sabe y lo que puede.
Se rodea de gente joven, crea equipo, y se percibe que disfrutan trabajando juntos. Hay algo contagioso en esa forma de vivir la vocación.
Y sí, aquí encaja una palabra que a veces cuesta pronunciar sin pudor: lo que transmite es amor. Un amor que lo vuelve cercano, casi familiar, como si fuera alguien de casa.
Quizá por eso derriba tantas barreras entre las personas, precisamente en un tiempo en que no dejan de crecer.
Ojalá sepa también reconocer a tiempo los límites que conviene respetar, para que su obra perdure.
Da la sensación de que Diego fluye por el mundo, y que el mundo, de alguna manera, le abre las puertas como quien reconoce en él un regalo de la vida.
Y como dice mi querido hijo Ismael: “al final, al amor nadie se le va a poder resistir”.

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