No conozco a ninguna persona de la que no se aprenda.
Toda relación es una oportunidad de aprendizaje, incluso las más difíciles.
Me lo decía uno de los psiquiatras más humanos que conozco, José Miguel Pérez Fuster: en muchas ocasiones se aprende más de los supuestos «enemigos» que de los amigos.
Quien nos quiere suele darnos la razón, pero quien rivaliza, en cambio, nos confronta casi siempre.
En otros casos no ocurre así. En todo caso, lo importante es la intención con que la se dice cualquier corrección, y como nos duele fallar, hay que tratarses especialmente bien.
Y como la verdad es lo único que tiene fuerza por sí misma, no hace falta chillar ni reñir.
De hecho, cuando más suave se dice, más fuerza tiene.
Precisamente porque ya tiene tanta fuerza en sí, que no es necesario alzar la voz.
Una verdad mal dicha deja de ser verdad.
Ocurre cuando hablamos desde el juicio y no desde la comprensión, y cambia el resultado.
Lo mismo dicho desde el juicio agranda la herida; dicho desde la comprensión, la va curando.
El proceso de compresión no lo alcanza el ego.
Es una propiedad de la humildad.


