No conozco a ninguna persona de la que no se aprenda.
Toda relación es una oportunidad de aprendizaje, incluso las más difíciles.
Me lo decía uno de los psiquiatras más humanistas y entrañables que conozco, José Miguel Pérez Fuster: en muchas ocasiones se aprende más de los supuestos «enemigos» que de los amigos. Quien nos quiere suele darnos la razón, pero quien rivaliza, en cambio, nos confronta siempre.
Lo sé por experiencia. Me ha ocurrido muchas veces. Solo el tiempo -esa vida que pule el ego con su frustración- me va enseñando a decir lo que puede ser cierto sin arrasar al otro. A ser brisa y no vendaval, como en el pasaje de Elías en el Monte Carmelo.
Cuando competimos -a menudo sin saberlo- solemos decir las verdades mal dichas: desde el juicio, la descalificación o la necesidad de afirmarnos a costa del error ajeno.
Se habla entonces con una tensión y rabia interior, como si la razón necesitara imponerse por la fuerza.
Pero no hace falta enfado: la verdad tiene fuerza por sí misma, y cuando se expresa con amor se explica mejor, sin cuestionar a toda la persona, y entonces puede ser acogida e introyectarse antes.
Si la verdad llega convertida en ataque personal, costará mucho integrarla. Y será una pérdida para todos.
¿Y cuando es a mí a quien me hieren? Lo primero es la firmeza serena: acortar la conversación, no entrar en la misma dinámica, y así preservar la propia dignidad y la ajena.
Después, dejar pasar la sacudida de la culpa que a veces nos arrojan, y aceptar solo la parte de verdad que realmente me pertenece. Aprender lo que se pueda. Nada más.
Y, finalmente, preguntarme -no desde la falsa superioridad, sino desde la humanidad compartida-: ¿qué le ha pasado a esa persona para hablarme así, sin comprensión?
Puedo entenderle, solo si reconozco que muchas veces soy yo quien hace lo mismo, ya sea de forma directa o envuelta en crítica.
Solo entonces puedo dejarme empapar por la comprensión. Esa comprensión que disuelve el miedo a la acusación ajena y apaga la ira de la acusación propia. Cuando llega, la marea baja, la guerra cesa y el alma vuelve a la paz.
Este proceso no lo alcanza el ego.
Es otra propiedad del amor.


