Imaginemos que en un traslado, alguien nos entrega una caja de libros para llevarla de una habitación a otra. Pesa bastante, y la otra persona, con prisa, añade cuatro libros grandes encima, porque no le va bien volver mañana y quiere acabar pronto.
Si noto que el peso me supera y la espalda me empieza a doler, y no digo nada porque me sabe mal, corro el riesgo de lesionarme.
También se puede reaccionar de forma brusca: ¡cómo te pasas; quítame esos libros, que pesan demasiado; y si hay que volver mañana, se vuelve!.
Lo verdaderamente difícil es decirlo con calma y sin ceder: uf, no puedo con tanto peso; quítame esos libros, por favor. Esa persona lleva los límites con naturalidad.
Con lo emocional ocurre exactamente lo mismo.
En ocasiones hay que poner límites o nos los tienen que poner, y duele. Es el precio de crecer.
En ocasiones hay que saber dónde están para no forzar a nadie.
Ambos casos se dan, y lo importante es discriminar cuando toca tolerarlos o cuando ponerlos o aceptarlos.
Sea como fuere, cuando nos exigimos o exigimos a alguien más de lo que puede, no se pudo hacer mejor, y eso es no juzgar.
Aunque nos duela lo que hemos hecho o lo que nos han hecho.
Cuando pensamos sin juicio y con comprensión, la brisa de la humanidad nos alivia.
Algo que es un atributo del amor.
El único que entiende de límites sin juzgarlos.


