Imaginemos que en un traslado, alguien me entrega una caja de libros a otra para que la lleve de una habitación a otra. Pesa bastante, y esa persona añade cuatro libros grandes encima, porque no le va bien volver mañana y quisiera acabar pronto.
Si noto que el peso me supera y la espalda me empieza a doler, y no digo nada, corro el riesgo de lesionarme.
También puedo pasar al otro extremo y reaccionar de forma brusca: «cómo te pasas; quítame esos libros ya, que pesan demasiado; ¡y si hay que volver mañana, se vuelve!».
Pero lo verdaderamente difícil es decirlo con calma, sin ceder, y comunicar los límites con naturalidad: «uf, no puedo con tanto peso; quítame los libros de arriba, por favor«.
Con lo emocional ocurre exactamente lo mismo.
Cada persona en cada momento tenemos una determinada fuerza, no más.
Exigirnos o exigir más de nuestras capacidades es una medida incorrecta, una manera de juzgar persecutoriamente.
La comprensión es lo contrario.
Algo que es un atributo del amor.
El único que entiende de límites sin juzgarlos.


