Mi última guardia en el Hospital de Xàtiva fue inolvidable. El ambiente con el personal era entrañable; se respiraba cercanía, y uno sentía que estaba en casa. A los pacientes se les trataba con cariño y eso marca la diferencia en una sala.
Algún domingo, cuando el trabajo lo permitía, comía con el personal de la sala. Encargaban a veces arroz al horno de una señora de Manuel, un pueblo cercano, y aquel gesto sencillo convertía la jornada en un momento familiar.
Antes de despedirme, me fundí en un abrazo con una enfermera. Me miró y me dijo:
«Roberto, tú aquí has sido uno más«.
No se me ocurre nada que haga sentir mejor a una persona.


