Estados Unidos alcanzó la cúspide del desarrollo mundial gracias a una combinación de condiciones excepcionales.
Un vasto territorio, la ausencia de guerras en su suelo y una unificación temprana favorecieron una cultura de emprendimiento individual prácticamente sin límites.
A ello se sumó la llegada constante de inmigrantes en busca de progreso y de grandes talentos en todos los campos del conocimiento.
Ese desarrollo le permitió desempeñar un papel decisivo en la Segunda Guerra Mundial mediante el uso de una fuerza jamás empleada hasta entonces: la bomba atómica. Tras ello, concentró un poder sin precedentes en la historia contemporánea.
Este acto fue presentado como una acción defensiva en favor del mundo libre y, durante mucho tiempo, ese modo de actuar se legitimó en nombre de la libertad, aunque también conllevara sus intereses estratégicos y económicos.
El dólar fue aceptado como moneda de referencia global y Estados Unidos consolidó un liderazgo militar que ejerció allí donde percibía amenazas a su hegemonía.
Todo ello se dio en una sociedad de ciudades míticas, que exalta el individualismo, aunque donde conviene no enfermar si no se dispone de recursos.
Al mismo tiempo, Estados Unidos aportó al mundo bienestar y cultura; el cine, la música y el deporte nos llevaron a nuestros mejores sueños.
Gran parte de la población estadounidense siguió confiada en su propio historia de éxito individual y como nación.
El culmen de ese éxito americano se encarna hoy en el magnate Donald Trump. Su enorme poder, sin una elaboración consciente de los límites personales ni colectivos, representa un nuevo desafío para el mundo.
En una era en la que nuestra mayor capacidad es también nuestra mayor amenaza: la era nuclear.
Resulta lógico que el propio sistema de individualismo y capitalismo que hizo posible el ascenso de Trump carezca de mecanismos eficaces para frenarlo, incluso después de haber promovido un intento de asalto a la democracia. Además sobrevivió a un atentado.
Quien podría haberlo hecho, Joe Biden, se mostró frágil: no aceptó a tiempo los límites de su salud y a su partido le costó imponérselos, proyectando en la otra opción una clara imagen de debilidad.
Todo allanó el camino para el regreso de Trump, donde la falta de límites que le aupó al poder constituye hoy en día el verdadero signo de los tiempos.
Unos tiempos de una gran potencia tecnológica pero una gran fragilidad humana.
Muchas reflexiones inspiradas en las vivencias y reflexiones de Ramón Bataller Alberola, humanista de referencia.


