Europa, tras siglos de expansión y dominación -desde el Imperio romano hasta las guerras mundiales del siglo XX-, ha ido abandonando la omnipotencia y la conquista.
Los países que en su día se expandieron más allá de sus límites han terminado quedándose consigo mismos. Vaya aprendizaje.
Esa experiencia histórica sitúa hoy a Europa más como mediadora que como potencia militar hegemónica.
La combinación de democracia, Estado de derecho, memoria histórica y una cierta cohesión social la ha convertido en una de las regiones donde mejor se vive en el mundo, como apunta Ramón Bataller Alberola (1).
Sin embargo, la polarización interna de nuestro tiempo le impide unirse, y atraviesa una crisis de sentido, casi una pérdida de alma.
Su renuncia a la violencia como herramienta central de poder la ha dejado, además, en una posición incómoda frente a los que la contemplan.
La actitud de rivalidad de Estados Unidos hacia Europa unida a la amenaza percibida de Rusia, ha contribuido a un bloqueo estratégico que Europa no termina de resolver.
En ese marco, Europa actúa como un espejo evolutivo: su aceptación de la vulnerabilidad, de la inmigración o del límite es interpretada por otros como debilidad o decadencia, precisamente porque no todos han integrado esas dimensiones.
Estados Unidos, como potencia más joven y principal vencedor del orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial, no ha atravesado del mismo modo la experiencia de su propio límite. Se está produciéndose ahora de forma conflictiva.
Rusia, por su parte, arrastra la desintegración reciente de la Unión Soviética y una historia marcada por el autoritarismo, la vastedad territorial -diecisiete millones de kilómetros cuadrados- y repetidos intentos de invasión.
Algo que no comprendieron en su momento ni Napoleón Bonaparte ni Adolf Hitler, cuyas ambiciones territoriales solo produjeron devastación y muerte.
Ante la posible expansión de la OTAN, Europa subestimó lo que esa dinámica suponía para Rusia, aunque la respuesta bélica resulta hoy inaceptable para el pensamiento europeo.
Se ha generado así una proyección mutua profundamente problemática. Rusia interpreta que Europa desea la guerra porque no acepta la realidad creada por la invasión.
Europa, a su vez, proyecta que Rusia aspira a una expansión continental. Rusia afirma que no busca un imperio, sino asegurar territorios que considera propios; Europa no confía en esa afirmación porque la reclamación se ha realizado por la fuerza.
Da la impresión de que Rusia llevaba tiempo señalando sus límites, tanteándolos mediante incursiones controladas con la intención de provocar una reacción europea. Sin embargo, ese método solo ha incrementado la desconfianza.
Buscar la paz en cualquier conflicto exige asumir la realidad, analizar las causas, intentar corregirlas y abrir un escenario de distensión duradera. Esta guerra no es una excepción.
La batalla interna de Europa consiste hoy en lograr mayor cohesión y recuperar su vocación humanista, que es lo que más se necesita siempre.
La polarización es enemiga del humanismo. A ver si las circunstancias le ayudan a superarla.
(1) Mi hermano gemelo Ramón, con la con la experiencia de haber vivido en Europa, en EEUU y haber trabajado y conocido muchos países, extrae la conclusión humanista de todo de una manera lúcida y sencilla. Y me la comparte.
Su amor por la paz, su conocimiento de la dinámica social, de lo bueno de los pueblos, su cariño por America Latina.
La vocación actual pacífica de Europa, su riqueza integrativa, y cómo opera respecto a EEUU me la ha transmitido e inspirado Ramón con conocimiento de causa.
Referente mundial en hepatología, mi hermano ha dedicado su profesión a las personas más vulnerables dentro de su especialidad; se ha dedicado a servir y no a ser servido.
Es una inspiración constante intelectual, y sobre todo afectiva con su ejemplo de vida.
Es un don para mí, al que le debo muchísima parte de lo que soy en este mundo, sin el que no podría haber llegado seguro a escribir estas páginas.


