Que no queramos la debilidad es sano.
Si tengo una herida, es normal no “quererla”: a quien tengo que quererme es a mí.
Las heridas, cuando aparecen, se aceptan. Se tratan y, si es posible, se curan; y si dejan cicatriz, se asume para que no nos quite energía vital.
Con la mente, sin embargo, todo es mucho más complejo.
Las heridas psíquicas se viven como debilidades contra las que la mente lucha.
Parecen amenazar nuestra dignidad y despiertan un miedo profundo.
Para protegernos, activamos mecanismos de defensa que nos resguardan, sí, pero no nos curan.
Todas las heridas internas se reactivan cuando nos topamos con los límites.
Y la mente puede volverse implacable frente a ellos.
Si una persona ha logrado, por el momento, defenderse de sus heridas mediante defensas rígidas, puede rechazar al prójimo cuando este sufre psíquicamente.
Este “negacionismo” nace del miedo: la persona que sufre refleja aquello que mantenemos oculto en nuestro interior, y reconocerlo en el otro implicaría atenderlo también en nosotros.
¿Cómo voy a cuidar en el prójimo lo que niego en mí mismo/a?
Si no vemos nuestras propias heridas, no podemos reconocer las de los demás; y ese cuidado, sencillamente, no se puede ofrecer.
Entonces el otro es rechazado y etiquetado como indigno o manipulador: “me exige lo que no tengo”, y eso genera una gran angustia.
Esta realidad es especialmente cruel para quien padece psíquicamente, porque recibe un estigma injusto, casi siempre acompañado de un juicio moral negativo por parte de quien lo rechaza: “no quiere”, “no pone de su parte”, “manipula”, “es un vago” o “es una vaga”.
Desde la rigidez, este razonamiento parece lógico: quien sufre nos pide, en el fondo, algo que no tenemos. Y nadie puede dar lo que no posee.
Por eso, ser conscientes de nuestras propias debilidades no solo nos hace más humanos, sino también más comprensivos con quienes todavía no pueden reconocer las suyas.


