La caída de la URSS fue vivida en Rusia fue considerada desde Moscú como la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX.
La posterior expansión de la OTAN hacia el este alimentó un sentimiento profundo de amenaza.
Cuanto más poder se ha tenido, más heridas se arrastran; y cuanto más profundas son esas heridas, más fácilmente se percibe un peligro.
Durante la Guerra Fría, Washington y Moscú se reconocían como iguales: dos superpotencias que se respetaban y se temían.
Tras la disolución soviética, ese equilibrio se quebró.
En consecuencia, cualquier intento de paz que pase por ignorar la realidad rusa está condenado al fracaso.
Pero Ucrania ha sido invadida, y no hay humillación mayor que esa.
Ambas realidades coexisten, aunque incomoden.
Europa, debilitada por la polarización y menos entregada al discurso de la fuerza tiene sin embargo un papel decisivo: actuar como mediadora, consciente del valor de la vida tras haber superado su propio pasado expansionista.
La amenaza -el miedo a perder algo valioso- opera en ambos lados.
Rusia teme a Europa por su rigidez en comprenderle y por la posibilidad de que aplique la misma lógica bélica; Europa teme a Rusia por el uso de la fuerza y por su impulso expansionista.
Ignorar la complejidad de Ucrania y también la del país que la ha invadido, incluso del poder que las dirige, es conocer la génesis del daño, como se hizo con el virus.
En Europa, se rechazan las invasiones, lo que está muy bien, pero se simplifica la realidad.
Resolver un conflicto donde ambas partes sienten que sus razones son irrenunciables es difícil, pero no imposible.
Comprender las causas no equivale a justificar los actos. Sin comprensión mutua no hay salida.
Ucrania necesita garantías firmes de seguridad y reconstrucción. Rusia necesita salir del conflicto sin la amenaza estructural que percibe, reconociendo el daño causado por la invasión.
La OTAN debe asumir que su expansión ilimitada genera amenazas percibidas, y Europa comprometerse con una arquitectura de seguridad compartida.
Será imperfecta, incómoda y negociada.
Pero salvará vidas.
Y la vida debería ser lo único que nadie esté dispuesto a perder.


