Un día, un familiar que ama profundamente la música me mostró un vídeo del gran Leonard Bernstein.
En él, ofrecía una masterclass a jóvenes pianistas y, más tarde, aparecía en un concierto interpretando la misma obra.
En la clase le tocó empezar a un joven pianista lleno de talento y de ímpetu. Sus manos corrían con destreza.
Cuando terminó, Bernstein lo miró con atención: “Es usted un prodigio. Pero aún quedaría la obra más hermosa si toca un poquito más despacio… no tenga prisa por ser escuchado: confíe”.
Y ejemplificó el tempo con unas notas.
Pero lo que vino después fue lo más hermoso.
Bernstein se sentó al piano, tocó un breve fragmento y señaló un pasaje concreto: “Ha observado usted muy bien que aquí hay que subrayar este mi bemol”.
El joven lo había tocado con más fuerza, para destacarlo entre las demás notas.
Pero -prosiguió Bernstein- ¿no se ha planteado diferenciarlo de otro modo?
¿Y si, en lugar de tocarlo más fuerte, lo toca más suave que las demás notas, con menos presión y más delicadeza?”.
Bernstein tocó el fragmento con ese matiz.
La belleza que surgió fue incomparable.
Un soplo me estremeció el pecho.
Supongo que al joven pianista también,
porque sonrió…con toda la cara.


