Recuerdo a una peluquera muy ingeniosa que me dijo un día:
“Tú no me pagas por el pelo que te corto, tú me pagas por el pelo que te dejo”.
Aquella frase se me quedó grabada porque daba la vuelta a la tortilla.
Una de las conquistas que más me han costado en la vida ha sido valorar el espacio y el silencio.
No ocuparlo todo, no llenarlo todo.
He aprendido a mirar una casa o una habitación más por el espacio que queda libre que por lo que contiene.
Y en la música me ocurre algo parecido.
Cada vez disfruto más los silencios que contiene el ritmo.
En las conversaciones, empiezo a valorar más la capacidad de escuchar que de hablar.
Y en la forma de hablar, el tono sereno.
Porque sé cuánta vida se gasta en aprenderlo.


