Desde hace un tiempo, cada vez que surge en una conversación el futuro del mundo, los comentarios son tan pesimistas que más vale cambiar de tema.
La realidad política es tan desagradable, que no conozco a nadie que vea un telediario entero.
En nuestro tiempo, donde la tecnología avanza vertiginosamente, la capacidad de reflexión parece disminuir a la misma velocidad.
Y eso que durante la pandemia, ante un enemigo externo -un virus-, logramos la mayor unión del ser humano en su historia.
Como el objetivo era sin duda el más importante -cuidar nuestras vidas-, todo lo demás se relativizó.
Pero ahora que el problema nace de la propia especie humana, actuamos como una verdadera patología cuando otorgamos más valor a ideas, creencias, territorios o a intereses que a las propias vidas de las personas que dicen albergar o proteger.
La sola expresión “interés geopolítico” parece justificar decisiones que pasan por encima del interés más básico de cualquier territorio: preservar la vida de quienes lo habitan.
Así, el mundo está profundamente dividido y desigual: ya sean democracias o dictaduras, la evolución de unos países respecto de otros puede diferir no solo en décadas, sino en siglos.
Si observamos la historia de la humanidad, además de innumerables maravillas, encontramos que es la historia de una invasión tras otra.
El deseo de expansión y de poder ha actuado como otra pandemia.
Desde 1945, con el comienzo de la era nuclear, la humanidad se enfrentó por primera vez a un nuevo límite: el poder de destruirse a sí misma.
A partir de entonces quedó claro que con la ambición sin medida nadie puede vencer.
No obstante, los territorios siguen siendo sagrados -un atributo que solo debería corresponder a la dignidad humana- y pactar sobre ellos desde una base histórica por acuerdo sigue siendo siempre inaceptable.
La rigidez en algunos casos puede acabar pasando factura.
Por su parte, la ciencia y la tecnología nos han dado tanta seguridad que el éxito como especie nos hace sentir omnipotentes.
Necesitamos certezas; las ideas han sido arrasadas por la fuerza de lo aparentemente práctico.
Y el mundo de las ideas también adopta el mismo patrón material: la polarización, tan constante que parece el verdadero signo de los tiempos.
Las ideologías se configuran según un esquema dual, una forma simplista de pensar que garantiza al menos una certeza parcial, pero a costa de una visión injusta de la realidad.
Cada bando se atribuye la razón y el bien; ya no es necesario pensar, como en las películas infantiles.
Parece que si defendemos los derechos del individuo despreciamos lo común, y viceversa.
Esta división creciente conduce al enfrentamiento, la rivalidad y la lucha por el poder incluso en las democracias.
De hecho, es uno de los factores internos que debilitan a Europa frente a Estados Unidos y Rusia.
Somos incapaces de unirnos para proteger vidas humanas, cuando durante la pandemia resultó mucho más sencillo alcanzar ese consenso.
Todo se vuelve parcial: el poder parece defender solo a “los nuestros”, vencer al adversario y expulsar al considerado indigno.
La forma más extrema de polarización se da en el fanatismo religioso, que no busca vencer, sino eliminar, incluso a pueblos enteros.
Las creencias, en lugar de amar a todos los seres humanos, legitiman la segregación.
Qué contradicción.
Y las sociedades, embelesadas y adormecidas por las pantallas, nos acabamos sometiendo -sin saber bien cómo- al poder de quienes muestran más determinación, como Trump o Putin.
En el mundo material y en el reino animal predomina la ley de la fuerza: sobrevive quien es más fuerte o más adaptable.
Sin embargo, cuando trasladamos esa lógica al ámbito humano, este tipo de poder falla por completo.
En una comunidad humana, la auténtica fuerza no consiste en eliminar la debilidad deshaciéndote de personas -como hacían los nazis-, sino en integrarla, en hacerla parte, no en expulsarla.
Ante esta realidad, un nuevo poder empieza a tentarnos: pensar solo en «nuestra gente», reprimir a los distintos y expulsar a quienes consideramos dependientes -negando además, nuestra propia dependencia-.
En la materia, la fuerza se impone.
Así, en las sociedades más avanzadas, la tecnología, el placer y el consumo individual nos llenan, pero a la vez nos damos cuenta que los mandatarios del mundo no nos aseguran un futuro mejor, y cada vez tenemos la sensación de no poder hacer nada.
Vaya paradoja.
Se va pendiendo la unión en un mundo polarizado, una unión que solo da el humanismo, aquello que traspasa fronteras y lenguajes, como son nuestros derechos humanos y la dignidad compartida.
Esta postura, a nivel personal, en salud mental se conoce como estructura caracterial: mecanismos de defensa que niegan la debilidad, no la superan integrándola.
El fracaso acaba llegando siempre. Por ejemplo, cuando alguien aparentemente fuerte enferma o envejece, no lo soporta, y querría eliminarse, pues ya no se ama.
Ahí se revela su fragilidad más profunda.
De hecho, lo más elevado del ser humano como el amor y la amistad no se demuestran en la fuerza, sino en la debilidad: en la enfermedad, en la impotencia, en la adversidad.
Esa es la fuerza de cualquier tipo de amor en una sociedad humana, como la solidaridad, la amistad o la familia.
Una de las fantasías de la fuerza es eliminar al polo opuesto.
Esto se ve crudamente en la guerra entre Hamás e Israel. Pero lo reprimido nunca desaparece: en las personas, reaparece en forma de síntomas o enfermedad.
Y en el mundo sucederá lo mismo: si un pueblo es humillado, maltratado o se intenta aniquilar, en una era de creciente tecnología, llegará quizá el día en que tenga capacidad de vengarse.
Por eso, la única seguridad está en la humanización: aceptar la debilidad, integrarla y tratarnos mejor.
Puede parecer ingenuo, pero el mal es torpe a largo plazo, y llegará un día que fracasará lo hoy se presenta como la nueva «fuerza«, que esconde un gran vacío, o como diría Sócrates, un profundo desconocimiento.


