Me acordaré siempre de este momento.
Trabajaba en la unidad de crisis de Barcelona -uno de los mayores regalos que me dio la vida-, un lugar que superó profesionalmente todo lo que hubiera imaginado.
Además acababa de iniciar mi propia terapia personal, por lo era muy sensible al valor de cada visita.
Desde otro despacho, un compañero que gestionaba los primeros contactos solía llamarme con frecuencia durante mis consultas para preguntarme, a veces incluso varias veces en la misma sesión.
Cuando ocurría por segunda vez, yo desconectaba el teléfono.
En algunas ocasiones llegaba a entrar en la consulta, molesto porque lo hubiera descolgado, para resolver alguna duda urgente.
Esto me descentraba bastante. Intenté hablar con él para acordar otra manera, pero no hubo resultado.
Fui -como tantas veces- a hablar con mi compañera y psicóloga, Lola Pasarín, charlar era un placer en nuestros ratos libres.
Le comenté lo que ocurría, quizás esperando una respuesta que validara mi enfado, tipo:
«Qué bien haces en desconectar, así proteges la terapia».
Pero lo que me contestó cambió mi perspectiva .
-¿No ves que no puede?.
El compañero era nuevo, muy responsable y se sentía algo inseguro en esos momentos.
Comprendí que, siempre que no se tratara de un momento delicado, responder brevemente -un simple “disculpe, un momento”- no causaba un perjuicio real.
Además, podía aprovechar la oportunidad para orientar las preguntas de mi compañero y que sirviera para otras veces.
Así lo hice. Con el tiempo, las llamadas fueron disminuyendo, él se sintió más seguro y nuestra relación se volvió muy fluida y amable.
Más aún, este pequeño gesto terminó beneficiándome y en ocasiones, resolvía asuntos míos ahorrándome llamadas que me correspondían.
Con los años comprendí que ahí había una idea central del humanismo: cada persona actuamos en cada momento con los recursos internos que tenemos.
No siempre es suficiente, pero es lo real y lo único posible.
Solo podemos mejorar muy poco a poco.
Y mejorar ya es cambiar.


