En una hermosa charla de un gran humanista como fue Juan Bosch, explicaba de forma sencilla que existen dos maneras muy distintas de hablar: desde la polémica o desde el diálogo verdadero.
Decía que las personas dialogantes intercambian ideas, exponen argumentos, discrepan, matizan, o asienten.
El diálogo, entendido así, es una búsqueda compartida de mejorar.
En cambio, las personas polemistas no buscan comprender con nadie, ya alcanzaron la cima.
Buscan desacreditar de forma absoluta, y esto solo se consigue deshumanizando.
En consecuencia atacan a las personas, a su vida privada y a su credibilidad, intentando que su opinión deje de ser tenida en cuenta para siempre.
Y cuando dan igual las ideas, da igual el prójimo.
Lo que subyace en el fondo es una primitiva lucha por el poder y la supremacía de tus ideas y tu grupo.
Al escucharle, no pude evitar pensar en cómo han cambiado los debates del Congreso de los Diputados y los debates electorales en España.
Hubo un tiempo en que se confrontaban propuestas y programas.
Luego evolucionó hacia una batalla de datos y cifras.
Con el paso de los años comenzaron a aparecer los primeros ataques personales, al principio de forma esporádica.
Hoy, sin embargo, parecen haberse convertido en el centro del debate.
Sería saludable que el público pudiera saber en los debates cuánto tiempo se dedica a presentar propuestas y cuánto a desacreditar al adversario.
No estaría mal.


