Para comprender nuestra sensibilidad basta observar una planta.
Si la regamos demasiado o muy poco desde el principio, su crecimiento se resiente.
Si una planta es sensible, ¡cuánto más lo somos las personas!.
Nuestro desarrollo depende no solo de la genética sino de los vínculos afectivos en la primera parte de nuestra vida.
Toda nuestra experiencia afectiva positiva se integró y nos hizo crecer.
Así, las carencias y los excesos -todo aquello que no pudimos “digerir”- se guardó dentro como una parte de sufrimiento.
Roger Armengol lo expresa con precisión: el daño señala que algo no estuvo en sintonía con nuestra naturaleza, y por eso tiene que ser, evitado y si es posible, reparado.
El dolor es la consecuencia del daño.
Este daño, se ocultó bajo mecanismos de defensa que nos protegen de su vigencia actual.
Estos recursos son necesarios para seguir en la vida, pero tienen un coste: consumen energía, influyen en nuestras decisiones sin que nos demos cuenta y, con el tiempo, pueden volverse rígidos.
Así pues, allí donde hay defensa, hubo herida; y allí donde hay herida, hay un historia aún viva sin integrar, esperado la oportunidad de integrarse desde una mirada actual.
Me acuerdo lo importante en mi terapia de la presencia de mi terapeuta compresiva, respetuosa y aliviadora, donde podía expresar sabiendo que no estaba solo.
Mi terapeuta me señalaba qué estaba sintiendo ahora igual que como me sentía entonces.
Desde la comprensión del pasado era consciente para que no actuaran en el presente.
Las terapias EMDR, somáticas, humanistas, etc.han avanzado en los últimos años ayudando a personas con traumas.
Pues somos seres que necesitan un respeto enorme, porque somos extraordinariamente sensibles.


