Cuando sobrepasamos nuestros límites de forma reiterada, ya estamos, sin notarlo, en una forma de vida dominada por la ansiedad.
Angustia viene de «ang»: estrechez. Angosto, angina…
Si nos exigimos sin límite viene enseguida la angustia, la estrechez: no somos omnipotentes ni podemos controlarlo todo.
Pero mientras podemos, no sentimos que ese camino no es el adecuado.
Pero el cuerpo, tarde o temprano, comienza a hablar.
Y lo hace porque el cuerpo, al ser materia, ni negocia ni perdona.
El cuerpo presta durante algún tiempo, pero siempre pasa factura.
El tiempo no sostiene durante mucho tiempo nuestra condición limitada que la mente se empeña en negar.
Aquello que no puede ser reconocido, el cuerpo termina expresándolo.
Una gota no altera una roca, pero al caer de forma constante acaba perforándola.
De la misma manera, cuando una persona -o las circunstancias de su vida- se exige de forma continuada más de lo que realmente puede sostener, el cuerpo acaba enfermando.
De ahí la expresión: «a veces el cuerpo piensa mejor que la mente».
Los síntomas no irrumpen para interrumpir la vida, sino para preservarla.
Constituyen una sabia llamada a revisar el modo en que estamos viviendo y a humanizarnos.
Sin embargo, con frecuencia no logramos integrar el límite que el cuerpo señala.
Este proceso de toma de conciencia es uno de los más complejos en salud mental.
Recuerdo el caso de una persona que había llevado durante años una vida marcada por la exigencia permanente y que desarrolló un dolor persistente en una zona concreta del cuerpo. Tras numerosas pruebas médicas sin hallazgos orgánicos, comenzó a deprimirse.
En el abordaje terapéutico, sin descartar la importancia de seguir evaluando posibles causas físicas, sugerí que podía existir un componente emocional que era necesario atender para aliviar no solo el dolor corporal, sino también el sufrimiento emocional.
Durante la sesión parecía comprenderlo. Sin embargo, al despedirse, ya desde la puerta, se giró de pronto y sentenció:
—«Ah, que sepa que no me pasa nada. Cuando se me quite el dolor, estaré bien».
En ese momento comprendí que la relación la vivía de forma casi persecutoria, sin posibilidad de simbolizar la causa de sus síntomas.
A partir de ahí fue necesario que modificara totalmente el enfoque terapéutico para ayudarle, y no hacer comentarios que no fueran solo a la angustia.
En última instancia, siempre el proceso es aprender, a través de la experiencia, dónde se encuentra el límite entre lo que nos hace bien y lo que nos daña.


