La vecindad es una relación obligada que solemos tener las personas de forma continua. Por eso es tan importante sentirnos en casa con la máxima tranquilidad.
En mi experiencia profesional he escuchado relatos de conflictos vecinales muy serios. Pondré un ejemplo breve que me permitió reflexionar.
Una persona me contaba que estaba en juicios con el vecino del segundo.
«Al tender la ropa -empezó a relatar-, el agua caía en exceso sobre su patio interior. Pensaba que no la centrifugaba. Un día se lo dije muy enfadado, porque me había inundado todas las plantas. La respuesta del vecino fue muy hostil y amenazante, y a partir de ahí empezaron a caernos objetos todos los días como tapas, bolsas, colillas.
Presenté una queja a la presidenta de la comunidad y, tiempo después, alguien lanzó desde ese piso un papel encendido que provocó un pequeño incendio en nuestro patio, menos mal que lo pudimos sofocar.
Puede parecer un caso excepcional, pero no lo es tanto. Y de situaciones así se extraen conclusiones.
La primera es que nunca sabemos realmente con quién estamos hablando.
Si delante hay una persona herida, con poca capacidad de aguante, una recriminación puede vivirse como una agresión. Entonces la reacción va a ser devolvernos el daño, y se entra en una espiral difícil de detener.
La clave suele estar en anticiparse y que sepan que toleramos la parte de inconvenientes que tenemos todos, y les vamos a tener en cuenta y aceptar con los suyos.
Es como tener un margen de seguridad de comprensión, de generosidad, que genera un crédito relacional que no tiene precio.
Por ejemplo: “Ahora que le veo, quería comentarle que mi hija toca un instrumento por las tardes. Si en algún momento molesta, o hay alguien enfermo o descansando, dígamelo, por favor. No queremos causar molestias”.
O bien: “Ha aparecido una pequeña humedad. Si le parece, puedo llamar al seguro para que lo valoren, y si ahora no es buen momento para usted, lo arreglo yo y vemos cómo evoluciona y si vuelve a salir, pues llamo”.
Cuando se actúa así, rara vez la respuesta es negativa. Lo esencial es no convertirse en enemigo, que el otro sienta que hay espacio para el error, que no todo es exigencia, que lo importante es tener una buena relación.
Esa sensación de margen transforma la convivencia, los ruidos ya no molestan igual.
Unas molestias por otras.
La tolerancia es un gran tesoro para la convivencia.
Esto no ocurre solo en las comunidades de vecinos. El otro día, en un ambulatorio, observé cómo una persona cometía un error por nervios; en lugar de una reprimenda, recibió acompañamiento: “tranquilo, nos puede pasar a todos”.
La amabilidad ordena más que las propias normas.
La tolerancia, o su ausencia, se respira en los lugares donde se trata con personas. Sabes cómo está el personal, si tiene o no margen.
Y si esto es importante en cualquier ámbito, lo es todavía más en una unidad de salud mental, donde el tono tiene que aliviar, acoger y no irritar.


