Imaginemos esta escena:
Una persona llega a consulta con un dolor intenso en la pierna.
Cuatro profesionales la rodean y, apenas la exploran, cada uno sentencia:
«Es un traumatismo, seguro; yo sigo la escuela del trauma».
«No, no. Esto es claramente una inflamación. Trabajo desde el enfoque inflamacionista».
«Qué va. Tiene toda la pinta de una infección. Soy del modelo infeccionista».
«De eso, nada. Lo que tiene es una carencia metabólica. Yo pertenezco a la corriente nutricionista».
Allí está la persona… entera, mientras nosotrxs colocamos etiquetas según la escuela que donde mejor nos sentimos.
En ocasiones así funcionamos en salud mental.
Es humano que cada profesional entienda mejor la mente desde una perspectiva concreta: tiene que ver con la personalidad de quien evalúa y con sus años de experiencia.
La pertenencia a un grupo experto da seguridad, pero el precio es desconocer lo valioso de las demás escuelas.
Existe un test rápido de la cantidad de «rigidez» o cerrazón: la cantidad de «desprecio» hacia otras escuelas, y el desconocimiento de las personas que mejoraron más con la corriente ajena que con la propia.
Por eso adherirse rígidamente a una sola escuela limita la comprensión del sufrimiento humano y la atención que se brinda.
Como me dijo una vez mi mejor maestra, Lola Pasarín: «la omnipotencia nos la quitan bastante rápido lxs pacientes».
Un enfoque integrativo y ecléctico combina conceptos de distintas corrientes según las necesidades de cada persona.
Por eso, a medida que conoces más enfoques, aprendes a observar primero a la persona: qué le ocurre, qué predomina, qué necesita abordar de inmediato y qué puede tratarse después.
El único dogma es la realidad y el bien de quien tenemos delante.
Y, al final, lo que realmente marca la diferencia es la persona: su pericia clínica, su capacidad técnica, y sobre todo, su humanidad.


