Juzgar es una reacción casi instintiva desde que nacemos: el “ego” bien que se aprovecha de los defectos de lxs demás para creernos superiores.
Podemos pasar la vida entera en esa dinámica sin darnos cuenta.
Pero llega un momento en que reconocemos también nuestros propios fallos.
Y entonces algo cambia. Disminuir la costumbre de juzgar a los demás se convierte en uno de los procesos más prácticos y liberadores que existen.
Porque cuando dejamos de juzgar fuera, poco a poco dejamos también de juzgarnos por dentro.
Y con ello, el juicio ajeno pierde poder sobre nosotros.
No se trata de volverse in
diferente, ni de cerrar los ojos ante la injusticia o fingir neutralidad ante el daño. Se trata, más bien, de mirar sin condenar.
De reconocer que detrás de cada acto -por más «malo» que parezca- hay una persona humana, con su nivel de conciencia y su desajustes internos.
Este tema lo vivo de cerca, especialmente al abordar cuestiones como el bullying, que es parte de mi reciente experiencia profesional.
Permitidme mojarme un poco -aunque no lo escriba en el artículo sobre el acoso, para no desviar su rumbo-:
Si una persona mediadora, frente a un caso de acoso escolar, juzga a quienes están implicados (y eso se nota, incluso en el tono de la voz o en la expresión del rostro), es muy difícil que la mediación funcione.
Lo más probable es que se agrave el conflicto o se estanque.
Nadie puede acercarse al dolor del otro desde el juicio.
La base de toda mediación humanizadora está en esa doble firmeza: el respeto inquebrantable hacia todxs y la comprensión profunda de cada ser humano.
¿Y cómo se adquiere esa cualidad?
En mi caso, aprendiendo de mis propios errores.
He fallado, he herido, me he burlado, incluso de quienes quiero. Pero también he sido perdonado.
Me han ayudado a no juzgarme, y eso me ha permitido ofrecer a otros esa misma mirada compasiva.
Porque nadie es más ni menos que nadie.
Y aunque en el terreno moral esto no siempre se entienda, esa conciencia es la base de cualquier proceso verdaderamente reparador.
Esta “mano izquierda” y “mano derecha” -la firmeza y la comprensión- son esenciales en toda mediación que aspire a ser humanizante.
A veces, lo confieso, con el tema del juicio me siento solo.
Vivimos en una sociedad que condena con dureza, sobre todo a quienes están expuestos públicamente.
Hay linchamientos morales sin espacio para la clemencia, sin posibilidad de redención.
Algún día, quizás, intentaré analizar con calma por qué creo que ciertos responsables públicos reaccionaron como lo hicieron.
No para justificar su hechos, sino para comprender a las personas que los hicieron.
Es más fácil condenar que entender.
Sin embargo, creo que ninguna persona debería quedar atrapada para siempre en la condena, por dura que sea la realidad de sus actos.
Los hechos pueden juzgarse; las personas, si aspiramos a ser humanos, merecen, qué menos, ser comprendidas por quien pueda hacerlo.
Una de las secuelas más dolorosas de evitar los juicios y la condena es la ausencia de reconocimiento de los actos, y por tanto, de las víctimas.
Esta falta de reconocimiento se convierte en una de las experiencias más desesperantes que puede vivir una persona, pues la priva de la posibilidad de que su dolor sea verdaderamente reparado.
Al eludir la condena, también se niega la oportunidad del perdón; de este modo, el daño -tanto el causado como el sufrido- no encuentra un cauce de transformación y sólo contribuye a la deshumanización.
Por eso, permanecer en el terreno de la condena moral es vivir en la huida y en la mentira; en cambio, atreverse a mirar la verdad con compasión permite abrir un camino posible hacia la reconciliación.


