Hace años conversaba con mi mejor maestra, Lola Pasarín, sobre un episodio que todavía recuerdo:
un paciente entró abruptamente sin llamar en mitad de una visita, haciendo una consulta y exigiendo una respuesta inmediata.
Me comentó mi querida maestra:
la reacción puede ser responderle con rabia: “¡Te puedes salir, por favor!”, y el contenido es correcto.
Sin embargo el tono en el fondo transmite rechazo («no te aguanto»).
Y si la persona que irrumpe tampoco se aguanta a sí misma, la ofensa está asegurada.
En cambio, si utilizas un tono sereno, firme y afectuoso, la frase cambia por completo:
“Si eres tan amable, por favor, espera un momento; en cuanto acabe, te atiendo».
El mensaje es el mismo, pero el efecto es distinto: reconoces su necesidad y marcas un límite para atender mejor a todxs.
En la vida el tono importa mucho.
En salud mental, más.
Puede ser la diferencia entre herir o contener.
Solemos creer que lo fundamental es solo lo que decimos, pero el tono refleja un verdadero juicio personal: si rechazo a la persona o no, si la juzgo o la comprendo.
Quizá convenga preguntarnos más a menudo: ¿qué transmite mi tono?
¿Rabia, desprecio, cansancio… o respeto, paciencia, cercanía?
¡Nunca entra una verdad en el corazón si el buen tono no la acompaña!.
Porque las palabras en ocasiones se olvidan; el tono, no.


