Hace un tiempo, escuché una de las frases que más me impactada en mi vida:
“Tengo derecho a pegar a quien me apetezca.”
La frase quedó resonando en mi mente, y más tarde la comenté con alguien cercano.
Su respuesta fue reveladora:
“¿Derecho a pegar?
¡El que tiene derecho a que no le peguen es el prójimo!”
En ese momento comprendí que no tenemos derecho a dañar a otro ser humano.
Por el contrario, todas las personas tenemos el derecho -y la necesidad- de ser respetadas, de no ser violentadas ni física ni moralmente.
¿Que a veces perdemos el control?
Puede pasar.
Pero eso no convierte el acto en un derecho.
Lo que sigue es asumir las consecuencias y pedir perdón.
No se trata de ejercer una libertad, como quien arruga un papel de su propiedad.
Se trata de no romper el límite que protege la dignidad ajena.
Sin embargo, todos hacemos de alguna manera actos con los demás o con nosotrxs mismxs que no se ajustan a este principio, debido a nuestra condición humana.
Pensar en el derecho nos puede ayudar tanto a mejorar los nuestros como a comprender cuando lxs demás no pueden cumplirlos.
Por eso, vivir en un Estado de Derecho no es solo un marco legal, es un privilegio.
Es el entorno más justo donde se puede vivir.
Porque allí la vida, la libertad y la dignidad no son negociables.
Son derechos universales.
Y reconocerlos implica también una obligación ineludible:
no vulnerar los derechos de los demás.


