Un día, en consulta, recibí a una persona que venía por un motivo que suele remover profundamente: la agresividad.
Estaba al cuidado de un familiar con una enfermedad crónica y muy compleja.
Llevaba muchos años sosteniendo una situación extenuante.
Hasta que un día, en un momento de tensión máxima, arrojó un objeto de vidrio contra el suelo.
–“¿Soy agresivx, verdad?” -me preguntó, con la culpa colgando de la voz-.
La miré -con cariño y admiración- y le respondí:
–“Me cuenta lo que no ha aguantado… pero, ¿sabe usted cuánto ha aguantado?”–
Esa simple pregunta permitió dejar de enfocarse solo en el estallido y empezar a reconocer todo lo que había soportado en silencio.
Reflexionamos juntos sobre ese límite humano que había sido alcanzado, y sobre la necesidad legítima de buscar ayuda.
La persona se fue más tranquila, con menos carga sobre sus hombros.
Ese día entendí algo que no he olvidado: lo que uno no aguanta es lo que se ve; lo que uno aguanta, nadie lo ve.
Y, muchas veces, ¡ni siquiera unx mismo!.
Cuántas veces juzgamos a lxs demás o a nostrxs mismxs con rapidez el momento de explosión, pero pocas veces nos detenemos a mirar la larga resistencia que lo antecede.
Tal vez necesitamos cambiar la pregunta.
En lugar de señalar cuándo perdemos el control, preguntarnos cuánto tiempo estuvimos controlando.
Reconocer no solo las caídas, sino también el tiempo de aguante silencioso, de esa lucha interna que nadie ve, ni reconoce ni valora, a veces ni unx mismx.
Porque aprender a ver lo invisible -lo que has sostenido sin que nadie lo note- no es un acto de debilidad, sino de justicia.
Y quizá ahí comience la verdadera autoestima:
reconocer que incluso antes de rompernos,
ya habíamos hecho más de lo humanamente posible.


